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jueves, 26 de junio de 2008

EL RESCATE DE LO POLÍTICO

La antipolítica se posicionó en nuestro país, sobre todo a partir del contexto socio-político generado por el agotamiento de las identidades surgidas sobre la base de la militancia política. La crisis económica del viernes negro en 1983, la revuelta popular de febrero de 1989, las intentonas de golpe de estado de 1992, no fueron más que una manifestación de una coyuntura crítica, entendida como acumulación de tensiones históricas no resueltas por el sistema político instaurado desde 1958.
La antipolítica fue asumida como rechazo a la mediación de los partidos y por lo tanto a la minimización de las formas implantadas por éste en el proceso histórico venezolano. Su consecuencia fue clara: la conflictividad afloró con mayor intensidad al reducirse los controles culturales mediante los cuales los partidos políticos y sus representantes lograban establecer una barrera de contención a la manifestación natural del disenso. Por ello la protesta popular o los ciclos de protestas aumentaron desde 1988 hasta el 2000. La toma de la calle, el cierre de avenidas, la toma de edificios, el secuestro de funcionarios públicos para demostrar su desacuerdo se hizo común. La lucha por el control del espacio público, en donde se dirimían las controversias se popularizó como forma de lucha y ese repertorio de protestas se transformó en el vehículo principal a través de cual se expresaban los colectivos sociales. Es ese el clima de desencanto democrático donde surge el fenómeno político que se ha denominado chavismo.
No hay duda, Chávez se transformó en el vengador contra los partidos. Todos aquellos que fuimos perseguidos, acosados por nuestra militancia izquierdista, vimos en su discurso una oportunidad política para construir una opción alternativa al modelo democrático que nos había tocado vivir. La idea de Chávez se estructuró sobre la necesidad de “enterrar” a los partidos históricos, se trataba no sólo de desplazarlos del poder, de reducirlos a su mínima expresión, se trataba de disolver las relaciones que estos habían establecido en la sociedad y al hacerlo se creaban condiciones para la ratificación de la ciudadanía en un espacio signado por el disenso y no por el consenso.
Asumir el espacio público como un espacio de diversidad y disenso, significaba reconstruir los campos culturales sobre la idea de democracia, actores políticos y ciudadanía. Esa reconstrucción se basó en una negación o deslegitimación de la militancia partidista y con ello se confió demasiado en la construcción de una conciencia de la participación, que sí bien tuvo efectos positivos al generar espacios de discusión política auto-organizados, también derivo en actuaciones anárquicas y conformación de facciones. Cada una de esas facciones se asumió a sí misma como la verdadera representación de la voluntad del líder político. Con esa actitud se generaron profundas marcas que llegaron a asumir posiciones intransigentes y sin ningún tipo de coordinación política. En ese contexto, la oposición pulverizada, dispersa, sometida a un discurso político constantemente renovado en sus emisiones o actos del habla, no tuvo la capacidad de articular una respuesta política y por lo tanto fue progresivamente desplazada de los espacios de participación política.
Por su parte, la reproducción de facciones, con escasa fortaleza ideológica más allá de la fidelidad a la figura de Chávez, derivó en una acción pública que muchas veces se caracterizó por la incoherencia, el abuso. Quizás el primer toque de diana que advirtió que algo no estaba funcionando bien se manifestó en la conjunción de fuerzas entre los actores económicos representados por FEDECAMARAS y la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), conjuntamente con la Iglesia cuando firmaron en mayo de 2002 el Pacto de Gobernabilidad, creando las bases de una política de transición. Desde ese momento, el discurso de Chávez comenzó a insistir en la necesidad de rearticular lo político, como expresión de organización social comunitaria. Su planteamiento pasaba por dotar de coherencia y unidad un espacio político que a su alrededor se mostraba disperso, disgregado y plagado de intereses personales.
La naturaleza del triunfo político generado entre 2005-2006, sólo sirvió para posponer este ajuste de la política, que se hizo necesario ante el resultado de la consulta para la reforma constitucional el 2 de diciembre de 2007. A partir de ese momento Chávez y su entorno más cercano asumió la necesidad de restituir la política a través de una estructura organizativa que no sirviera de mediación entre el Estado y la ciudadanía, por el contrario se trata de articular los esfuerzos entre Estado, ciudadanía y formas organizativas generando un entendimiento dinámico como no se había producido.
Replantearse lo político en estos términos se traduce en múltiples canales de exploración. En primer lugar, el canal del Estado, por que se plantea una relación en donde la planificación pública es un ejercicio de co- responsabilidad entre ciudadanos, funcionarios públicos y comunidades. No es el fruto de una serie de consideraciones surgidas bajo la lógica del burócrata – tecnócrata que presume saberlo todo. En segundo lugar, exige al ciudadano una verdadera responsabilidad de sus actos. Se trata de generar ciudadanía a través del ejercicio responsable de la idea- concepto de participación. Hasta ahora habíamos sido asumidos como ciudadanos circunstanciales, reducidos a momentos específicos de consulta electoral. Se trata ahora de entender la plenitud de ese accionar, mediante un ejercicio constante en la elaboración, supervisión y control de las dinámicas de intervención. Finalmente, se trata de cambiar la opinión pública, en el sentido que es el ciudadano mediante su participación quién establece la agenda política, entendida como la discusión de temas claves y políticas públicas en los ámbitos de representación política.
No hay duda, que el proceso inaugurado por las elecciones directas de representantes el pasado domingo 02 de junio abre espacios de discusión y fortalecimiento de la política, entendida en el sentido planteado hace muchos años por la pensadora Hanna Arendt: “la política es el hacer juntos entre diversos”. Estamos en una circunstancia donde la redefinición de lo político a través de la constitución del PSUV, puede llevar a una discusión en lo interno del sistema político venezolano que signifique un proceso de organización- participación del ciudadano en torno a las múltiples formas de articulación que establece la Constitución Nacional, y esa discusión llega a las demás organizaciones del espectro político venezolano, que comienzan a ver la necesidad de articular organizaciones estructuradas sobre los colectivos. Se trata de entender que este modelo de elección directa sume en un profundo debate a las organizaciones políticas como espacios de participación, negarse a democratizarse internamente sería negar la democracia misma, por lo que se corre el riesgo de quedar al descubierto como falsos demócratas. Es un gran reto para todos, ojalá seamos capaces de asumirlo.

Dr. Juan Eduardo Romero
Historiador
Juane1208@gmail.com

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DR. JUAN EDUARDO ROMERO (VENEZUELA)

Historiador, especialista en procesos políticos contemporáneos de América Latina. Docente e Investigador de la Universidad del Zulia en Venezuela. Profesor invitado en España, Francia, Italia, Colombia, Brasil, Nicaragua, Argentina, Ecuador, Cuba, México, Costa Rica. Investigador Nivel II del Programa de Promoción al Investigador (PPI) del Ministerio de Ciencias y Tecnología de Venezuela. Teléfonos (58) 261 7596253 (telfax oficina). (58) 4126543075 ( móvil). Correo electrónico: juane1208@gmail.com

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Maracaibo, Estado Zulia, Venezuela
Doctor en Historia Social y Política Contemporánea. Profesor de la Universidad del Zulia, Venezuela. Especialista en Historia Contemporánea de América Latina. DEA en Gerencia Política y Gobernabilidad. Autor de más de 35 artículos sobre procesos políticos. Co-autor de seis Textos sobre Proceso Socio-político en Venezuela. Teléfono Telfax (58) 261 7596253, móvil (58)4126543075. E-mail: juane1208@gmail.com

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